Puerca gripe

mayo 11, 2009

La gripe es una cachetada al ego. Estar enfermo es una buena forma de ser conscientes de que somos tan frágiles como una pompa de jabón. De que andamos por ahí jactándonos de lo mucho que sabemos, de lo fuertes que somos, de todo lo que dominamos y de pronto, sin mediar aviso alguno, un organismo microscópico, una cadena molecular, algo tan ínfimo que su existencia nos es casi incomprensible, entra en nuestras células y nos causa un desbarajuste apocalíptico. No soy una persona enfermiza, es más, me siento orgulloso de mi buena salud, que, aparte de algún malestar estomacal y un resfriado al año, no tiene que preocuparse de nada más. Tampoco soy de los que se abandonan al primer malestar. Hace poco una amiga del trabajo me enseñaba un encantador mail feminista en el que afirmaban que para los hombres un resfrío es el fin del mundo, que no tenemos esa resistencia al sufrimiento que por naturaleza tiene el sexo femenino. Debo aclarar que no es mi caso, me gusta sobreponerme, seguir mi vida con normalidad, como si nada pasara. La procesión va por dentro y ningún estúpido virus, pensaba,  podría hacerme tambalear. Hasta que, un día (como ayer, como hoy), no me queda más que claudicar, pero dando batalla, como siempre.

Tal vez fue una guerra que perdí desde un comienzo, porque empezó de una forma distinta, me atacó de una manera inesperada. A mí las gripes se me manifiestan por la nariz. Esta empezó por la garganta. Con un ardor sonso que duró más de un día. Tal vez si en ese momento tomaba alguna precaución todo hubiese sido distinto. Pero, fiel a mi estilo, porque si a algo soy fiel es a mi estilo, no lo hice. La noche de aquel día tomé algunas cervezas bien heladas. El sábado fui al gimnasio, sudé mucho, no me abrigué, a pesar de que la tarde y en especial la noche eran frías. Me duché, salí a la calle. Mientras tanto los síntomas de la maldita gripe se hacían más que evidentes. La mañana siguiente, que por suerte era domingo, no me sentía mejor que un estropajo.

Los síntomas de la gripe son siempre los mismos, en las mismas zonas. Solo difieren en intensidad. Uno puede tener la nariz tapada, con cierta dificultad para respirar. O puede toser, con una tos moderada y controlable. Hubiese querido que sea así, como las últimas veces que me ha pasado. Pero no, lamentablemente fue muy diferente. No voy a empezar a detallar los síntomas que tuve y que hasta ahora, en menor medida, me acompañan. Sólo diré que ese domingo (ayer, en referencia al día que escribo este texto), mi salud sufrió un deterioro progresivo que terminó en una noche que no quiero recordar. Y que ni los abnegados cuidados de mi amada pudieron disminuir. Fue una de esas noches en las que uno solo quiere dormir porque sabe que la mañana siguiente va a estar mejor, porque no se puede estar peor que eso.

Hoy es lunes por la tarde y me siento bastante mejor. Amanecí muy mal y, a pesar de todo, intenté ir al trabajo. Me duché (sí, no puedo salir sin ducharme, así esté al borde de la muerte), me abrigué y cuando estaba en el paradero me di cuenta de que todos mis esfuerzos eran inútiles. No estaba para quemar mi último cartucho. Ese día, hoy, lo heroico no iba conmigo. Regresé a mi casa, derrotado, pero tranquilo porque en el fondo sabía que estaba tomando la mejor decisión. En esta época, de epidemias globalizadas y de paranoias enmascaradas, un pobre y triste resfriado como yo, es visto casi como un poseedor de la peste bubónica en la Europa del Siglo XIV. Y a mis compañeros de trabajo los estimo bastante como para andar contagiándolos.

Por eso, a veces, no hay nada mejor que tirar la toalla y pasar un día en cama. Odio la gripe, pero al menos me dio tiempo para volver a escribir.

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.